Érase un pequeño pueblo que despertaba con la primera llamada del muecín y se acostaba después del ordeño de las vacas. Allí vivía una pequeña comunidad próspera de agricultores, ganaderos sedentarios y marabutos.
La vida transcurría allí en paz, hasta el día en que la lluvia no acudió a la cita.
El mes de junio pasó sin que cayera una sola gota del cielo. Julio, agosto, septiembre se sucedieron, siempre igual de secos, siempre igual de tórridos. Se hicieron sacrificios, se imploró a Dios. Pero ni la más pequeña nube vino a manchar el cielo desesperadamente azul.
Así comenzó una larga y terrible sequía.
La tierra, quemada por el sol, se volvió impropia para el cultivo. El ganado fue diezmado por el hambre, la sed y la enfermedad. Los habitantes del pequeño pueblo lo abandonaron por la gran ciudad. Allí, agricultores y ganaderos engrosaron las filas de los desempleados; los marabutos, por su parte, se convirtieron en mendigos. Y hoy, allá lejos, bajo un sudario de arena, el pequeño pueblo se muere lentamente.