Cuando Habib Ould Mahfoud firmaba sus primeros artículos en la incipiente prensa independiente, añadía su función social: profesor de francés. Si en su pluma encontramos acentos que podrían parecernos prestados de Rabelais, Voltaire y San Antonio, no debemos por ello sorprendernos demasiado.
Convertido en redactor jefe del primer periódico de oposición de Mauritania, Le Calame, describe una sociedad en plena transformación, y a veces con acentos desgarradores. Le ofrecemos este texto en prosa, fácilmente accesible para los mauritanos y verdadera crónica político-social.
«La crítica no es acción, se limita a seguir la acción» (Ludwig Feuerbach)
Mi querido camello,
Ya sé que no es fácil ser camello en los tiempos que corren. Trabajas bastante duro como para poder pensar en otra cosa. Pero estoy seguro de que me perdonarás, desde el fondo de tu desierto, por haberte dirigido esta carta.
Te escribo, en realidad, para no decir nada. Genial, ¿verdad? Primero, no te preocupes por la cita puesta en el encabezado. No significa nada. Es cierto que ese Feuerbach no es tonto... En fin, no más que otro... eso no justifica nada. A lo sumo traduce nuestra incapacidad intelectual actual de producir por nosotros mismos y para nosotros mismos... Hemos vuelto a caer en una edad media intelectual donde el Magister Dixit está más de actualidad que nunca. Nos hemos convertido en consumidores a tiempo completo... Pero solo consumimos subproductos, residuos tóxicos.
Nuestro espacio cultural es un triste teatro donde jóvenes de bigote nietzscheano pisan los pies de ancianos que desgranan rosarios de citas medievales.
Cada uno se agita en escena, grita, interpela, acusa, recusa, disculpa, exige, obliga, se erige... ante una sala vacía. El público se ha marchado, hastiado de estas payasadas. La orquesta de la «élite» ahoga esta mascarada en una cacofonía que nadie escucha.
Camello, nuestra cultura ya no es más que un trozo de papel... en la taza de un váter. Nos hemos convertido en maestros de la imitación, de la representación. La prensa, el conformismo, la comodidad intelectual, el psitacismo son nuestras palabras clave.
Nos embriagamos de sucedáneos importados. Nos atiborramos de ideologías cocinadas en los McDonald's de la mediocridad universal... Masticamos chicles que otros, en otro lugar, escupieron hace mucho tiempo.
Camello, nuestra ropa la buscamos en las tiendas de prêt-à-porter. Y nuestras ideas en las tiendas de prêt-à-pensar.
Todo esto para decirte que he tenido que recurrir a un alemán para expresar una idea que cualquier camello habría podido encontrar rumiando.
Perdóname, querido amigo, por hacerte perder algunos años de tu precioso tiempo... Menos mal que no tienes reloj... Ya sabes, ese objeto diabólico que mide el tiempo, que nos condiciona tanto que me pregunto si no sería él quien nos inventó a nosotros. Por cierto, ¿sigues tus clases de alfabetización con regularidad? No me digas que siempre supiste leer y escribir, no es verdad. Sé que es frustrante para un adulto abandonar sus certezas y su necia comodidad para aprender a leer y escribir. A esa edad uno siempre se pregunta para qué sirve la instrucción... sobre todo cuando carece de finalidad... Bueno, ya que estás, inscribe también a tu abuela, así podrá al menos escuchar las noticias del miércoles por la noche en Radio Mauritania.
Mi querido camello, aparte de eso, todo bien. Tu sobrino está bien. Lo vi el otro día. Me dijo que había paseado su joroba por todas partes: el Golfo, Libia, Senegal. Lo han contratado como taxista. Y es un trabajo que da dinero. En Nuakchot hay tan pocos taxis y tanta gente que propuse a alguien de las altas esferas que, en adelante, sean las personas quienes transporten los coches. Es más económico y resuelve el problema. Nos pondremos todos pegatinas en la frente y una matrícula en la cabeza. Y los coches levantarán la rueda delantera para hacernos parar.
El otro día oí que a partir de enero del 89 haría falta un carnet para conducir camellos... ¿Te lo imaginas? ¡PIIII! ¡Alto! ¡Policía! ¡Documentación! ¡Vamos! ¡Que salte! ¡Freno de mano! ¡Intermitente! ¡Baje! ¿Qué lleva su camello en la barriga? ¿Seguro? ¡Sobrecarga! ¡Hay una persona de más! Dime, ¿te lo imaginas? ¿Un camello parándose en los stops, frenando en los semáforos en rojo, frenando con las cuatro patas para recoger a una joven guapa junto al mercado?
Sería sublime… Dejemos de soñar...
Te ríes, te ríes, camello... Y te equivocas. Porque en el fondo esta vida me gusta. Porque no es más que una transición. Porque desaparecerá por sí sola. Porque la situación es difícil pero no desesperada… Porque hombres y mujeres siguen creyendo en su país, a pesar de la retórica necia, del discurso nebuloso, de las ideologías caducas, de los análisis tautológicos. A pesar de las multas puestas a los camellos, la alfabetización de las vacas, la venta de boñiga en los supermercados, el sujetador impuesto a las cabras.
A pesar del pescado que exportamos para importarlo después, nuestro hierro que vendemos para poder comprar más tarde. A pesar de esos hombres de negocios que no hacen negocios, esos directores que no dirigen, esos millonarios que mendigan, esos atletas paralíticos. Sí, camello, tenemos esperanza. Y tenemos razón en tenerla.
Camello, entre tus dunas polvorientas y tus estrellas tristes, debes de aburrirte mucho… Ven aquí a Nuakchot, trae a tu familia, a tus vecinos, hasta a tu pastor si hace falta, ¡ese torturador sádico! Ven. Coge papel de periódico, un bidón, una lata de alubias vacía y planta tu chabola donde quieras... Ya te veo caminando con tu paso altivo por el mercado del quinto barrio, entre los vendedores de velos y las vendedoras de bubús. Haz como todo el mundo. ¡Tú también eres mauritano, caramba! No olvides tu documento de identidad, tu nacionalidad, tus antecedentes penales, y pégate un timbre de 50 uguiyas en el hocico. Así ya no podrás abrirlo y parecerás una solicitud manuscrita.
Camello, hermano camello. No vengas, si quieres… Te comprendo, te comprendemos; como tú, hemos conocido la embriaguez de los espacios transparentes, de los infinitos azulados.
Hemos bebido los claros de luna, como tú… Como tú hemos encontrado espejismos, buscado otros lugares que no existen en ninguna parte… Camello, y hemos sabido que la poesía es la exigencia de un mundo que no es el nuestro, y nos hemos marchado.
Y mi país, camello, y mi pueblo, resultaron ser un largo, largo poema inacabado. Un poema que se hace a sí mismo, vivo, construyendo su carne con su propia carne, respirando el mundo, vibrando al ritmo de su propio perfume.
Y yo, y tú, y nosotros, no somos al final más que traidores y apóstatas. Salud.
Habib Ould Mahfoudh