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El ojo del Daymani

Extracto de las Mauritánides, Crónicas del tiempo que no pasa, Habib Ould Mahfoudh

Alguien de los Oulad Daymane¹ (no debe decirse daymani, ni un hombre de la tribu Oulad Daymane) tenía muchísimo dolor en el ojo derecho. Muchísimo. Hace falta que el ojo de alguien de los Oulad Daymane duela de forma excepcional para que se pueda decir que ese ojo no le duele poco. Ese ojo que dolía tanto no molestaba demasiado a nuestro hombre, que se decía que así estaba bien, o al menos que podía ser mucho peor. Un camellero de paso, terriblemente «tchiggui»², es decir, perteneciente a esos increíbles pueblos no daymane que se conmueven por un sí o por un no y se meten en todo y en nada, se fijó en el ojo enfermo. Nunca se debe notar nada en los Oulad Daymane. Pero el camellero precisamente no era alguien de los Oulad Daymane. Así que podía permitírselo todo.

Y se permitió hablar de un «hombre excelente, amigo excelente, que curaba excelentemente los ojos en general y los ojos derechos en particular». Insistió tanto y tan bien que nuestro enfermo del ojo derecho empezó a escucharlo. Y lo escuchó tan bien que se convenció de la necesidad de ver cuanto antes a ese excelente curandero de ojos derechos. Verlo no porque su ojo le preocupara más de lo habitual, sino simplemente para complacer al camellero, que se esforzaba tanto por encontrarle un cliente a su amigo.

El enfermo hizo entonces su equipaje, es decir, lo guardó en el fondo de la tazaya³, y pidió a su nuevo amigo camellero que lo llevara en la grupa hasta el pozo de Toumbayaali⁴. Desde allí iría él solo a ver al curandero. El camellero lo llevó consigo, sobre una bestia bastante inquieta, hasta Toumbayaali. El enfermo tenía cada vez más dolor en el ojo derecho. Caminó media jornada hacia el noroeste y dio con el pequeño campamento del curandero. Este curandero era realmente un hombre excelente, extremadamente entusiasta, extremadamente hábil, extremadamente dinámico, extremadamente eficaz. Cuando vio a nuestro hombre dirigirse hacia su jaima, comprendió que se trataba de un enfermo, un enfermo del ojo, que venía a verlo. Encendió un fuego muy grande. Puso en él todas sus herramientas: un cuchillo, unas tenazas de cortar, un hierro de marcar ganado.

El enfermo apenas tuvo tiempo de decir salam aleikum. El excelente curandero se le echó al cuello, le dio cuatro abrazos, lo tumbó a la fuerza sobre una piel de oración, le dijo que no era absolutamente nada, apenas el tiempo de un parpadeo, que va rápido, que hace esto cien veces cada noche, que justo ayer curó a catorce Idjaqmadjqui⁵, dos Gounania⁶ y ciento cincuenta y siete Idawaalawi⁷. Doscientas diez personas en total. El enfermo pensó que el señor era quizá un excelente curandero, pero que estaba muy poco dotado para el cálculo mental. En fin… Apenas esperó un segundo. El curandero volvió sobre él, cuchillo en mano. Le sacó limpiamente el ojo e hizo en su lugar una cruz con el hierro candente. Era el ojo izquierdo. El alguien de los Oulad Daymane se desmayó unos instantes, recobró el conocimiento y dio gracias a Dios en voz alta. El muy activo curandero le dijo que fuera a descansar y que volviera a verlo muy temprano al día siguiente.

Nuestro enfermo se marchó, aliviado de un ojo izquierdo que, sin embargo, nunca le había dolido y que no era tan pesado de llevar como eso. Pasó la noche de manera muy satisfactoria en Toumbayaali. Temprano por la mañana partió a través de las dunas para reunirse con el pequeño campamento de aquel al que llamaba en su cabeza el «Benefactor». «Benefactor —se decía— porque además de mi ojo sano podría haberme arrancado también el que está enfermo, cortarme la lengua y las orejas, cortarme el cuello y los pies. Pero no lo hizo, no, solo me alivió de un ojo. Es realmente un hombre excelente.»

Los Oulad Daymane tienen una visión muy relativista de las cosas. Además de una notable sangre fría. El curandero acogió al enfermo con efusión, lo besó en las dos mejillas, le revolvió el pelo, le dio una palmada en la espalda, le preguntó si había comido bien y cómo se encontraba «el ojo». Nuestro hombre eludió la primera pregunta (los Oulad Daymane no comen, o muy poco). En cambio respondió a la segunda: «El ojo (los Oulad Daymane no usan el posesivo), el ojo va muy bien. Quiero decir el ojo izquierdo, el que usted operó. El ojo derecho, el que decían que estaba algo enfermo, pues bien, ese ojo, siempre se dice que está algo enfermo.»

El curandero le dijo: «Entonces, ¿no era su ojo enfermo el que curé ayer?» El enfermo respondió: «Creo que quizá no. Pero de todos modos usted solo se equivocó por muy poco. Hay tan poca distancia entre los dos ojos.» El curandero: «¿Por qué no me lo dijo?» El enfermo: «Usted ya estaba muy ocupado. No quería molestarlo.» El curandero: «Entonces habrá que operar el otro ojo…» El enfermo: «Yo también lo creo, puesto que usted lo cree…»

El ojo fue arrancado a toda prisa. Se hizo una cruz en su lugar. Con el hierro candente. La pareja Banco Mundial-Mauritania está actualizando esta historia en estos momentos. Vamos, como poco, por el primer ojo.

Habib Ould Mahfoudh